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jueves, 26 de agosto de 2021

TODOS LOS IMPERIOS TROPIEZAN EN AFGANISTAN

Los omeyas, los mongoles de Gengis Kan, los británicos, los soviéticos y, ahora, los estadounidenses. Todos han olvidado lo mismo a la hora de dominar el país centroasiático.

Dibujo que representa el lanzamiento de un misil Stinger contra un objetivo soviético por las fuerzas afganas

Las imágenes de su retirada de Afganistán han dejado en ridículo a EEUU, pero si de algún modo pudiéramos viajar siglo y medio al pasado y mostrárselas al general británico William Elphinstone, probablemente diría que los estadounidenses han tenido bastante suerte. Biden abandona Kabul con el orgullo maltrecho, pero Elphinstone huyó de la capital afgana en 1842 con 20.000 soldados y acompañantes de los que solamente uno llegó a su destino en la ciudad de Jalalabad. El propio general fue hecho prisionero y murió de disentería.

Invadir Afganistán no es del todo fácil, pero lo verdaderamente difícil viene después. Es una lección que aprendió el todopoderoso Imperio Británico del siglo XIX y que le habría sido útil en el XX a los soviéticos y en el XXI a los estadounidenses. Sin embargo, viene todavía de mucho más atrás. Hoy parece increíble pero, cuando los árabes llevaron a Afganistán la religión musulmana hace 1.300 años, necesitaron dos siglos para tomar Kabul e imponer el islam a las tribus. Por comparar, tardaron 15 años en conquistar toda la península ibérica.

En su primer intento de hacerse con la zona de Kandahar en el año 698, el califato Omeya de Damasco envió al llamado “Ejército de la Destrucción”. De sus 20.000 soldados sólo regresaron, derrotados, 5.000. Su comandante tuvo además que pagar una gran cantidad de oro y dejar a tres de sus hijos con el enemigo, como garantía de que cumpliría su juramento de no regresar.

La táctica de los afganos, según el historiador Hugh Kennedy, no fue muy diferente de la que han usado los talibanes después: “se retiraban, llevándolos más y más lejos hacia las montañas, destruyendo las fuentes de alimento entre un calor terrible”.

Retrato de Genghis Khan

Incluso uno de los ejércitos más temidos de la historia, el del emperador mongol Genghis Khan, pudo dar fe de las dificultades de dominar Afganistán. En 1221 estaba sitiando Bamiyán cuando una flecha mató a su nieto. En venganza aniquiló a toda la población, pero sus descendientes mogules sí que supieron encontrar una fórmula para permanecer en el país sin morir en el intento. Una que parece razonable todavía hoy: colaborar con las tribus locales, darles un amplio grado de autonomía y algún que otro soborno, y concentrar las fuerzas en las ciudades y grandes vías de comunicación. Siglos después, los ingleses llegaron a la misma conclusión, pero sólo tras muchas desgracias.

Desastre y aprendizaje

“Tenemos una buena jugada, si es que contamos con los medios y la voluntad de jugarla bien”. Esa era la opinión que tenía sobre la invasión británica de Afganistán uno de sus impulsores, Sir William MacNaghten. Lo que este aristócrata no sabía mientras convencía de sus planes al virrey de La India era que, precisamente a cuenta de esa “jugada”, iba a acabar asesinado y descuartizado en Kabul pocos años después. Y es que la historia del Imperio en Afganistán está llena señores ingleses que pagaron muy cara su indestructible fe en la superioridad británica.

Tampoco se les puede culpar por estar crecidos. En 1839 el Imperio Británico era la indiscutible primera potencia mundial y dominaba un enorme entramado colonial que se extendía por los cinco continentes. La joya de la corona era La India y en Londres estaban inquietos ante la posibilidad de que la Rusia zarista intentara hacerse con ella. Por eso MacNaghten ideó su “jugada”, que consistía en reemplazar al emir de Afganistán por otro líder más cercano a los intereses británicos. Para hacerla realidad, un ejército de 20.000 hombres invadió el país desde La India.

Al principio, como suele pasarle en Afganistán a los conquistadores, todo fue razonablemente bien. En menos de seis meses ya habían instalado al nuevo emir en Kabul y devolvieron a La India a la mayoría de sus tropas sin saber que, como hemos dicho, en Afganistán lo difícil viene después de la conquista.

Los convoyes británicos eran asaltados en las rutas de suministro y los roces con la población no tardaron en surgir, sobre todo cuando los confiados británicos decidieron dejar de pagar sobornos a los líderes locales. Al cabo de un tiempo la situación era tan tensa que la guarnición inglesa tuvo que mudarse a las afueras de la capital y MacNaghten fue asesinado cuando intentaba una nueva “jugada” negociando con el hijo del emir al que había destronado 

Algo más de dos años después de su llegada a Kabul, los británicos comprendieron que su situación era insostenible. Sin embargo y para su desgracia, todavía no habían aprendido suficiente del arte de la negociación en Afganistán tras la muerte de MacNaghten.

El general William Elphinstone llegó a un acuerdo con varios líderes locales por el que se le permitiría abandonar Kabul con sus tropas y sus acompañantes a cambio de dejar allí sus provisiones de pólvora y la mayoría de sus cañones. En una total falta de sentido común, salió de la ciudad el 6 de enero de 1842, en mitad del durísimo invierno de la cordillera del Hindu Kush.

La arboleda y el valle donde el ejército de Elphinstone trató de resistir antes de la retirada definitiva.

Desde el primer minuto quedó claro que le habían engañado. Las promesas que le habían hecho los afganos de ponerle una escolta a la expedición y entregarle combustible y comida para el viaje eran falsas. Los británicos todavía estaban a tiempo de refugiarse en un fuerte a las afueras de Kabul donde resistir mejor al frío y a una ya muy probable emboscada, pero en contra de la opinión de sus oficiales, Elphinstone dio la orden de salir hacia Jalalabad como estaba previsto. Las tribus afganas le acosaron durante todo el camino hasta asestar el golpe final en el paso de montaña de Gandamak.

Había abandonado Kabul con 4.500 soldados, la mayoría indios, y 12.000 civiles. Casi todos murieron, aunque unos pocos fueron hechos prisioneros y otros acabaron vendidos en el mercado de esclavos de la capital. Elphinstone abandonó a su ejército y se entregó como rehén para intentar que así dejaran continuar a los suyos, pero no sucedió.

“El soldado más incompetente que nunca llegó a general”, como le definió uno de sus compañeros de armas, murió de disentería estando aún prisionero. Que se sepa, solo un británico llegó a Jalalabad. William Brydon bajó de su caballo herido, dice la leyenda, y cuando le preguntaron dónde estaba el resto del ejército respondió: “yo soy el ejército”.

Como les ha pasado a los estadounidenses ahora, también el sacrificio de los británicos en el siglo XIX fue en vano. El emir que habían colocado en el trono murió asesinado y los ingleses liberaron al que habían depuesto, que no tardó en recuperar el poder y reinó hasta su muerte. Aunque en los años siguientes el Imperio Británico entraría en dos guerras más en Afganistán y aplicaría con éxito las lecciones de aquella desastrosa invasión, su penosa retirada de Kabul en 1842 todavía se recuerda como uno de los grandes desastres militares de su historia.

La tumba del imperio soviético

Los soviéticos podrían haber aprendido algo de la experiencia británica en Afganistán, pero tenían un referente incluso más cercano en el tiempo: en 1979 en Moscú todavía se escuchaban las risas después de la desastrosa retirada estadounidense de Vietnam. Sin embargo, aunque acababan de ver cómo su gran rival se estrellaba intentando establecer un estado a su medida en un país extranjero, la URSS decidió enviar al Ejército Rojo a Afganistán a hacer exactamente lo mismo.

El día de Navidad de 1979, Kabul se despertó con 25.000 soldados soviéticos que habían llegado al aeropuerto durante la noche. La idea era mantener el régimen comunista que se había instaurado mediante un golpe de estado el año anterior y que hacía frente a una revuelta popular de carácter islamista. Sin embargo, casi lo primero que hicieron los soviéticos al llegar al país fue la muy británica “jugada” de reemplazar al presidente. Sustituyeron a un líder comunista por otro comunista más del agrado de Moscú. Lo hicieron de un modo tradicional afgano: Hafizullah Amin fue asesinado en su palacio, como lo habían sido sus dos antecesores. Tres magnicidios en 20 meses.

Como también es tradición en Afganistán, al principio las cosas le fueron bastante bien a los ocupantes. No tardaron en consolidar su poder en las ciudades, pero fuera de ellas la revuelta de los muyahidines seguía muy viva. Los soviéticos intentaron que fuera el propio ejército afgano quien llevara la voz cantante en la lucha, pero pronto descubrieron que los soldados que en teoría eran sus aliados tenían cierta tendencia a huir y unirse al enemigo con el equipamiento pagado por Moscú.

El Ejército Rojo no escatimó esfuerzos ni brutalidad: más de 100.000 soldados se desplegaron por el país y, según Amnistía Internacional, se entregaron a la tortura generalizada aplicando descargas eléctricas o apagando cigarrillos en detenidos. Se calcula que entre el gobierno comunista de Afganistán y los ocupantes soviéticos ejecutaron a unas 8.000 personas e hicieron desaparecer a otras muchas. Además bombardearon multitud de zonas rurales para intentar doblegar el apoyo que recibían los rebeldes muyahidines en ellas, llevando a más de cuatro millones de afganos a buscar refugio en otros países solamente en los primeros tres años de la guerra.

Soldados soviéticos disparando un lanzagranadas automático.

Los 120.000 muyahidines que habían tomado las armas también cometieron numerosos abusos, entre ellos la decapitación de soldados soviéticos. Al principio su mayor desventaja consistía en la falta de armas y de una aviación que pudiera hacer frente a los helicópteros y aviones de los ocupantes, pero los gobiernos estadounidenses de Carter y Reagan se encargaron de mantenerlos bien pertrechados. Particular éxito tuvieron los lanzamisiles ‘stinger’ que podían dispararse a pie y que, guiados por calor, eran un arma tremendamente eficaz contra la aviación. Se calcula que hacia el final de la guerra los muyahidines derribaban un aparato soviético al día.

La guerra no avanzaba y la economía de la URSS de finales de los años 80 ya tenía suficientes problemas como para encima sostener una aventura así en Afganistán. En 1988 el líder reformista Mijáil Gorbachov, que había definido la operación como “una herida abierta”, decidió ponerle fin y empezó a retirar a sus soldados de la manera más digna posible. Las fotos oficiales recogían carteles de agradecimiento y multitudes despidiéndoles en las calles, pero cuando el último soldado soviético cruzó la frontera de vuelta a casa después de 10 años, habían quedado atrás 15.000 que ya no regresarían. Son seis veces más bajas que las que luego tendría EEUU en el doble de tiempo.

El régimen comunista de Kabul sobrevivió unos tres años a la retirada de sus socios soviéticos. Cayó definitivamente en 1992, aunque con todo sobrevivió más que la propia URSS que se desintegró a finales de 1991, en parte por la factura de 10 años de ocupación absurda de Afganistán.

Se había demostrado una vez más que conquistar esa pequeña parte de Asia Central no era tan complicado, pero someter a sus habitantes era casi imposible. Tras unos años de guerra civil, el gobierno afgano había quedado en manos de un grupo poco conocido de fundamentalistas islámicos: los talibán.

Un calentón estadounidense en Afganistán

Las señales eran muchas y muy evidentes. EEUU pudo haberse acordado de los califas omeyas, de Genghis Khan, del Imperio Británico o de Gorbachov, pero tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 el país estaba demasiado abrumado por el dolor como para no invadir Afganistán. Lo único que veía era al orgulloso organizador de la matanza, Osama Bin Laden, y a un gobierno que le daba cobijo en su territorio y se negaba a entregarlo, el de los talibán.

Por supuesto que tanto los líderes de Al Qaeda como sus socios talibanes no eran sino buena parte de esos heroicos muyahidines que EEUU había ensalzado, financiado y apoyado de mil maneras durante la invasión soviética unos pocos años antes, pero eso era una cuestión menor en aquel momento. Cuando el primer soldado estadounidense puso un pie en Afganistán en 2001, los bomberos de Nueva York todavía no habían logrado siquiera extinguir las llamas en los escombros del World Trade Center.

Osama Bin Laden con el sirio Mustafa Setmariam Nasar.

Tal vez por esa rabia del momento, EEUU no tenía muy pensado qué haría después de cambiar el gobierno de Afganistán y seguramente ahí está la razón de que haya tardado 20 años en marcharse, dejando además en el poder a los mismos talibanes que vino a derrocar. Puede que el siguiente imperio que se vea tentado a invadir Afganistán sí que se pare a reflexionar sobre las desgracias que esa idea ha traído a otros, pero la historia nos dice que en este aspecto los imperios son bastante desmemoriados. Esta semana, en el caos del aeropuerto de Kabul, ha quedado bien visible.

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