Páginas vistas en total

miércoles, 11 de mayo de 2016

EL TORERO Y EL DE LA BOINA por CARLOS HERRERA


La Diputación de Cádiz, que preside Irene García, en su día alcaldesa de Sanlúcar de Barrameda, tuvo la idea de promocionar su provincia mediante una campaña publicitaria protagonizada por gaditanos ilustres y populares que reivindicaran su condición de tales. La provincia de Cádiz, todo hay que decirlo, tiene muy buenos elementos tanto humanos como culturales y geográficos de los que sentirse orgulloso, paisajes insuperables, ciudades memorables y costumbres felices. Parece razonable que ello se exponga a los ojos de los demás mediante una campaña bien diseñada, como es la que nos ocupa.

Cádiz en su conjunto como provincia y la capital en concreto transitan por un largo paseo lleno de problemas, pero ello no debe hacernos olvidar sus virtudes y beldades, que también existen. Se convocó a ciudadanos ilustres de la provincia, se los fotografió y se les adjudicó una frase reivindicativa y expositiva a cada uno. Hasta ahí normal. Pero la inclusión en ese listado del torero Juan José Padilla, jerezano de filiación sanluqueña, desató las iras de los intolerables histéricos de siempre, empecinados en rabietas y lamentos de neuróticos. La condición de torero de Padila ha hecho que grupos políticos dedicados a decirnos a los demás cómo tenemos que ser y cómo tenemos que comportarnos denostaran la campaña y afirmaran sentirse avergonzados por la presencia de un “asesino” de animales, en consonancia con la pobre argumentación que exhiben a diario los muy violentos e insultantes movimientos “animalistas”, o por tal tenidos. Conviene recordar algunas cosas.

Ya quisiera cualquiera de esos vociferantes sandios tener un ápice de la grandeza que muestra a diario Juan José Padilla. Padilla, un hombre sencillo, trabajador, respetuoso, prudente y muchas cosas más, atesora un valor y una nobleza que jamás en la vida ha conocido ningún sujeto miembro del grupo político que le ha señalado con los ojos inyectados en sangre. Podemos y alguno más ha iniciado el griterío habitual, lamentando que un torero pueda sentirse orgulloso de decir “soy Cádiz”. Ha exigido, como suele ser habitual, la retirada de la campaña en la que han participado Sara Baras, Anne Hidalgo, Alejandro Sanz y otro más, y ha escupido las habituales idioteces que se dicen cuando uno se transforma en un intolerante Torquemada dedicado a prohibir una tradición cultural y social de amplio arraigo como es la tauromaquia. Esos chavales de Podemos son los mismos que han estado defendiendo hasta el último aliento a un mamarracho con boina de tonto de pueblo condenado a prisión por patear policías, destrozar negocios no partidarios de seguir una huelga y agredir gravemente a un concejal del PSOE. El tal Bódalo, mala versión de un matón campuzo, muy valiente cuando agredía a los demás siempre muy acompañado, acabó lloriqueando cuando la Policía lo prendió y lo llevó a la cárcel, donde deberá permanecer por un tiempo. Los argumentos de los mismos tipos que insultan a Padilla son que Bódalo es un héroe de la libertad, cuando este segundo no ha hecho nada provechoso para los demás en su existencia mientras que el primero ha dado trabajo a muchas personas de su alrededor y ha trasladado un mensaje de coraje y superación extraordinario para todo aquel que tenga ojos y oídos. Uno no ha dado un palo al agua en su vida –es del Sindicato Andaluz de Trabajadores, con lo que ya queda todo dicho- y el otro lleva jugándose la vida y trabajando desde chaval.

Otra gaditana, la líder de Podemos en la región, llegó a comparar –en un ejercicio de burricie insuperable- al tal Bódalo con el poeta Miguel Hernández, lo cual no requiere de comentario alguno, ya que se comenta por sí solo. Cabe añadir que semejante simple ha sido profesora de Lengua y Literatura, lo cual explica por sí solo el fenómeno de fracaso escolar y bajo nivel de educación en España sin necesidad de muchas más elucubraciones.

En pocas palabras, puede sentirse orgulloso Padilla de ser gaditano y puede sentirse Cádiz orgulloso de que ese ejemplo de tantas cosas sea hijo de su tierra. Y los intolerantes gritones, las profesoras ignorantes y los “animalistas” que quieren acabar con el toro bravo que se vayan tranquilizando.

EL BARCO QUE ELUDIÓ LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL DISFRAZÁNDOSE DE ISLA.


Ocurre muy pocas veces en la historia que un barco es capaz de eludir una guerra en pleno conflicto bélico. Y una sola vez que ese mismo barco fuera capaz de disfrazarse de isla para pasar desapercibido. Esto fue lo que ocurrió en plena Segunda Guerra Mundial, momento en el que un buque de guerra holandés fue capaz de “convertirse” en una misteriosa isla durante ocho días.

Se trataba del HNLMS Abraham Crijnssen, un dragaminas de los Países Bajos de la clase Jan van Amstel de la Royal Netherlands Navy (RNN). Un barco construido durante la década de 1930 que se encontraba con base en las Indias Orientales Neerlandesas (las colonias establecidas originalmente por la VOC bajo la administración de los Países Bajos en el siglo XIX) cuando Japón atacó a finales de 1941.

El comienzo del ataque japonés dio lugar posteriormente a lo que se conoce como la batalla del Mar de Java en febrero de 1942, uno de los conflictos navales de la denominada Guerra del Pacífico. Fue sin duda una de las batallas más cruentas entre las fuerzas aliadas y las japonesas.

Un momento de la historia que culminó con la ocupación japonesa de las Indias Orientales Neerlandesas y los protectorados británicos en Borneo. Durante la misma, el almirante neerlandés Karel Doorman había comandado una serie de flotas de diversas nacionalidades hacia el mar de Java con el único fin de detener a los japoneses, comandados a su vez por Takeo Takagi. Superados en número, la fuerza de Doorman fue hostigada en la noche por la flota de Takagi perdiendo un gran números de navíos.

El resultado fue un desastre para la defensa de Java que además puso en evidencia la desventaja aliada. Así, el 8 de marzo la guarnición neerlandesa se rinde y se da por finalizada la campaña de las Indias Holandesas.

Sin embargo y antes de que el conflicto llegara a su fin, en vista de la situación adversa se decide que el último buque de guerra dragaminas holandés en pie debía escapar a Australia junto a otros tres buques. Lo que ocurrió a partir de entonces fue insólito.


El barco-isla

Así fue como comenzó la “aventura” del HNLMS Abraham Crijnssen. El buque formaba parte originalmente de una flota de ocho dragaminas y fue lanzado el 22 de septiembre de 1936. Un navío que tenía como misión principal la identificación y destrucción de minas marinas.

Tras las órdenes de huida a Australia junto a otros tres barcos, el capitán del HNLMS se percata de que finalmente deben emprender el viaje solos. Todo un reto sobrevivir a semejante aventura desde un barco que contaba con tan “sólo” con dos cañones Oerlikon de 20 mm, un proyectil de 3 pulgadas y una escasa velocidad de 15 nudos (equivalente a 27 km/h). Dicho de otra forma, no tendrían mucho que hacer ante un supuesto ataque de los bombarderos japoneses.

Por tanto se llega a la primera conclusión lógica. Para terminar con vida la travesía debían pasar totalmente desapercibidos. Nadie los debía detectar, algo que obviamente resulta complicado cuando hablamos de semejante megaestructura.


A partir de aquí el relato se presta a varias interpretaciones. No sabemos en qué momento o quién fue el personaje de la historia que se le ocurrió la genial idea, pero lo que sí es cierto es que posteriormente se pusieron de acuerdo después de que los 45 miembros de la tripulación debatieron sobre las posibles huidas. La idea ganadora: nada menos que convertir el barco en una isla. Puede sonar ridículo, pero la historia demostró que fue una de las decisiones más insólitas y acertadas en la Segunda Guerra Mundial.

Lo primero que pensaron fue en la manera de modificar el barco. Para evitar ser detectados por los aviones japoneses el buque fue camuflado con todo tipo de follaje de la selva a las islas contiguas en la que estaban varados. Los 45 miembros de la tripulación desembarcaron a tierra cortando árboles y recolectando todo aquello que les pudiera servir para luego cubrir la cubierta del barco. No sólo eso, la tripulación también disponía de pintura en el interior del buque, pintura que usaron para que el navío tuviera partes que hicieran las veces de rocas.


Finalmente quedaba una incógnita por resolver: ¿cómo demonios iban a engañar a los japoneses con una misteriosa isla que se mueve? Así también es como se decide que para promover la “ilusión”, el barco se mantendría cercano a la costa, anclado e inmóvil durante el día y se movería únicamente por la noche.

El plan trazado tenía todo el sentido del mundo para la tripulación. Mientras el sol estaba alto sería una isla más, a la noche intentarían cubrir la mayor parte del océano. Y es que para los japoneses debía ser complicado percatarse de la “desaparición” o “aparición” de una isla de entre las más de 18.000 islas en Indonesia.

Y así fue. El HNLMS logró pasar desapercibido por los aviones japoneses y sobrevivió los ocho días de viaje que duró la travesía hasta Australia, momento en el que se reencontraron con las fuerzas aliadas. Al llegar a aguas australianas el dragaminas sufriría una serie de cambios que mejoraban sus prestaciones para la RNN.

Posteriormente llevó a cabo muchas más misiones hasta que fue retirado de la marina de guerra en 1960. Hoy y desde 1995 el HNLMS Abraham Crijnssen es parte del Museo de la Marina holandesa en Den Helder. El primer y único barco de la historia que pudo eludir la batalla en la Segunda Guerra Mundial convirtiéndose en una isla en movimiento.