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miércoles, 3 de febrero de 2016

EL CAMARERO DE CASA MANOLO por ANTONIO BURGOS


Seré un anglófilo asqueroso, pero no me imagino al jefe de un partido político británico yendo en mangas de camisa a Buckingham para una audiencia con la Reina Isabel dentro de las consultas para formar gobierno. Y eso ha ocurrido en España. Pablo Iglesias, haciendo ostentación de ninguna educación y presumiendo de su nulo respeto por la Corona (de la que dirá en todo caso que es una cerveza mexicana), se ha presentado en La Zarzuela en mangas de camisa para hablar con Su Majestad.

- ¡Y con el frío que hace en aquellos montes! De milagro no cogió el gachó una pulmonía.

No, supongo que en el guardarropas habría dejado un buen chaquetón, de los del taco, no de Quechua de Decathlon, de los buenos, como el alcalde de Marinaleda. Como eran tela de buenos, no de bazar chino, los vaqueros que vestía, que me lo ha dicho un experto en tejanos. Y digo yo: si en una discoteca no te dejan entrar si llevas zapatillas de deportes y si en cualquier restaurante medio elegantón no puedes pasar sin chaqueta y corbata, ¿por qué pagamos los servicios de Protocolo de la Casa de Su Majestad el Rey para que dejen entrar a la gente así, de zarrapastroso y oro? Si en la invitación a cualquier acto presidido por Su Majestad pone «etiqueta: traje oscuro», ¿por qué permitieron que este tío se colara de trapillo?

- No, Burgos, iba de uniforme. De uniforme del cuerpo al que pertenece: el Despreciable Gremio de la Castuza, que ya se ha convertido en Casta y cobra como tal.

En el pecado lleva la penitencia ¿No le han llegado ya a usted a su teléfono móvil los mil chistes sobre la foto del Rey perfectamente vestido y a su lado este gachó en vaqueros y mangas de camisa arremangada? Son divertidísimos. Recuerdo uno, que pone: «Con la misma campechanía que su padre, El Rey se prestó a hacerse una foto con el camarero de Casa Manolo que llevó los cafés a La Zarzuela durante las consultas a los líderes». Otro decía: «El camarero de Casa Manolo se retrató con el Rey después de llevarle su largo de café y media de arriba con mantequilla y mermelada».

Pienso todo esto ante el Teletipo del Despilfarro del Congreso de los Diputados. El Congreso ha adjudicado un contrato por importe de 372.032 euros para la compra de 490 «iPads» para uso y disfrute de sus nuevas señorías y funcionarios de la Cámara. ¡Toma ya! Y ha comprado 699 nuevos ordenadores de sobremesa, por un importe de 455.570, para sus señorías y toda su compañía. Sumen ambas cifras y oirán a Ana Belén: «¡Qué derroche trincón, cuánta locura!». ¿Es que los antiguos diputados se llevaron a su casa el móvil, la tableta y el ordenador portátil que les habían dado? Con lo fácil que hubiera sido reclamárselos para dárselos a los nuevos: «Oiga, ¡que son de Huelva!».

Todos estos que hablan de la Casta, los que enarbolaron y tremolaron sus carteras de Pseudo Loewe como un trofeo de caza, no le hacen el menor asco a coger todas las mamandurrias que les ofrezcan como diputados, cargo que ellos disfrazan de tribunos de la plebe (y de la chusma). Y digo yo: igual que les damos gratis total una cartera, un portátil, un móvil y una tableta, ¿por qué no compra el Congreso en el Cortinglés 350 trajes oscuros de Emidio Túcci y 350 corbatas, para que los diputados, y especialmente estos tíos de Podemos, vayan como deben cuando los llame el Rey o cuando tengan que representarnos en cualquier acto público? ¿La camisa dice usted? No, camisas no hay que comprarles. Con las blancas camisas de los camareros de Casa Manolo, digo, de Iglesias y de los diputados de Podemos, no hay el menor problema. Por cierto, ¿de qué me suena a mí esto de «la camisa nueva» de Pablo Iglesias cumplimentando al Jefe del Estado? Así, en mangas de camisa, como van los de Podemos, iban los falangistas a ver a Franco: «con la camisa nueva que tú bordaste en rojo ayer». ¿Será por camisa, será por rojo y será por ayer?

EL DÍA QUE LA ARMADA ESPAÑOLA DERROTÓ A LOS SAMURÁIS JAPONESES


A finales del siglo XVI, la marina española se convirtió en la primera y única flota occidental en derrotar a estos fieros guerreros nipones

La figura de los samuráis, fieros guerreros del antiguo imperio japonés, está envuelta en un auténtico halo de leyenda que los muestra como hombres a los que casi era imposible derrotar. Sin embargo, lo cierto es que estos luchadores no solo no eran invencibles, sino que fueron derrotados por la Armada española.

Este desconocido episodio de la historia, tal y como devela el autor del blog «Foro naval», ocurrió hacia 1580, cuando según narra el investigador Carlos Canales en su libro «Tierra Extraña», el gobernador español en las Islas Filipinas, don Gonzalo de Ronquillo, tuvo noticias de la llegada de un fuerte contingente de piratas japoneses que estaban hostigando y saqueando a los indígenas filipinos en la provincia de Luzón, zona bajo la protección administrativa española.

Ante esta situación, Ronquillo envió hasta Luzón al capitán de la Armada Juan Pablo Carrión, al mando de una flotilla compuesta por siete embarcaciones y varias decenas de infantes de marina de los Tercios de Mar de la Armada española. El objetivo era expulsar a los fieros piratas japoneses, que resultaron ser temibles guerreros samuráis.

Tras ganar una primera batalla, frente a un barco nipón que navegaba por la zona, los japoneses enviaron una flota de diez navíos para vengarse de los españoles. Sin embargo, tras varios combates, tanto en tierra como marítimos, las fuerzas españolas consiguieron vencer y expulsar de Filipinas a los japoneses.

Estas batallas suponen la única evidencia histórica de un enfrentamiento armado entre europeos y samuráis. De este episodio, la historia tradicional japonesa cuenta que sus guerreros fueron derrotados por unos demonios, mitad peces mitad lagartos, llegados en unos grandes y extraños barcos negros. Estas criaturas salían como bárbaros de la mar y atacarles tanto en tierra como en mar era un asunto peligroso y casi suicida.

Desde entonces los samuráis llamaron a los infantes de marina españoles «wo-cou» (peces-lagarto), en reconocimiento a la audacia con la que habían luchado y vencido en los Combates de Cagayán.