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jueves, 4 de febrero de 2016

UN VIEJO DOCTOR


Un viejo doctor estaba muy aburrido después de haberse jubilado, así que decidió abrir un consultorio. Puso un letrero en la puerta que decía:

Doctor Martínez.
Obtenga su tratamiento por 500 euros.
Si no se cura recibirá 1000 euros a cambio”.

Justo en el barrio estaba el Doctor Lozano, un joven médico que creía que este “vejete” poco podía saber de medicina, así que decidió ir a ganarse los 1000 euros de recompensa y fue a visitarlo.
Entonces sucedió esto:

Doctor Lozano: “Doctor Martínez, he perdido todo el gusto de mi boca. ¿Me podría ayudar?”.

Doctor Martínez: “Enfermera, por favor, traiga la medicina de la caja 22 y le pone al señor tres gotitas en la boca”.

Doctor Lozano: “¡Puaj! ¡Pero si esto es gasolina!”.

Doctor Martínez: “¡Enhorabuena! Recuperó el gusto. Son 500 euros ”.

El doctor Lozano se retiró muy enojado por el truco de su anciano colega y decidió volver un par de días después para recuperar su dinero.

Doctor Lozano: “He perdido mi memoria. No recuerdo nada”.

Doctor Martínez: “Enfermera, por favor traiga la medicina de la caja 22 y le pone tres gotitas en la boca al paciente”.

Doctor Lozano: “¡Bah! ¡No lo haga! Eso es gasolina”.

Doctor Martínez: “¡Enhorabuena! Veo que ha recuperado su memoria. Son 500 euros ”.

Nuevamente el doctor Lozano se fue muy enfadado de la consulta del doctor Martínez habiendo perdido mil euros. Pero era tan terco que decidió volver una semana después para recuperar todo su dinero.

Doctor Lozano: “Mi vista se ha tornado muy débil. ¡Con suerte puedo ver un poco!”

Doctor Martínez: “Lo siento, pero para eso no tengo ninguna medicina. Así que aquí tiene sus 1000 euros de vuelta (pero le entrega un billete de 10 euros).

Doctor Lozano: “¡Pero esto son sólo 10 euros!”

Doctor Martínez: “¡Enhorabuena! Ha recuperado la vista. Son 500 euros”.

Moraleja: No porque seas joven, podrás engañar a un viejo.

LA HISTORIA NO PERDONA MITOS


Soy un barcelonés de 30 años que, como mi generación, creció con el Club Super 3, el Tomàtic, la Bola de Drac, la Arare , Sopa de Cabra, Els Pets, Els Caçafantasmes, “Regreso al Futuro”… Veíamos la predicción del tiempo en la TV 3, con los dibujos de soles y nubes sobre un mapa de los Países Catalanes.

En la escuela nos explicaban la historia de las cuatro barras, pintadas por el emperador franco con la sangre de Wilfredo el Velloso sobre un escudo o tela de color amarillo-dorado: así nació nuestra bandera (la Senyera). Los domingos por la mañana bailábamos sardanas en la plaza de la Iglesia , y daba gozo ver en un mismo círculo a los abuelos y los nietos, cogidos de la mano. En Navidad hacíamos cagar al “Tió”, y poníamos un “Caganer” con barretina en el Nacimiento. Así, disfrutábamos de una auténtica Navidad catalana como Dios manda.

En la primavera cogíamos las Xirucas ( Chirucas , marca de calzado ], y nos íbamos a nuestros Pirineos a disfrutar de nuestras montañas y sierras, en nuestra tierra. Celebrábamos la “Diada”, con ánimo de no olvidarnos de la derrota de nuestro pueblo contra Felipe V y los españoles.

Somos un pueblo trabajador, con carácter, distinto del resto. Tenemos la Caixa , el RACC, los Mozos de Escuadra y los Ferrocarriles Catalanes. ¿Qué más queremos? Pues queremos, queremos, queremos…

Pero la verdad no se puede ocultar siempre. Te vas de Erasmus a Londres, y descubres que existe vida fuera de nuestro pequeño planeta catalán. Que también hay trabajadores con carácter en otros territorios. Que la Caixa no es tan importante, si se compara con el Comercial Bank of China. Que solamente una ciudad como Shanghái tiene 20 millones de personas (tres veces toda Cataluña).

Descubres la verdad: que lo de las cuatro barras de Wifredo el Velloso sólo era una leyenda, un mito, sin fundamento histórico. Ni Wifredo fue contemporáneo del emperador, ni se usaba la heráldica en ese siglo. Además, hasta la unión con Aragón, el emblema de los condes de Barcelona fue la cruz de San Jorge (una cruz de gules sobre campo de plata).

Descubres que la sardana la inventaron en el año 1817. Fue un tal Pep Ventura, que tampoco se llamaba Pep sino José, nacido en Alcalá la Real, provincia de Jaén, e hijo de un comandante del Ejército español. Se la inventaron, porque no podía ser que la jota de Lérida o del Campo de Tarragona fuese el baile nacional. Y tampoco podía serlo el baile denominado “El Españolito”. Por eso se inventaron la sardana a comienzos del siglo XIX: para crear una identidad nacional inexistente hasta entonces. La sardana, otro mito.

Descubres que en 1714 no hubo ninguna guerra catalana-española, que Cataluña no participó en ninguna derrota bélica. Fue una guerra entre dos candidatos a la Corona de España, vacante desde la muerte de Carlos II sin descendencia: entre un candidato de la dinastía de los Borbones (de Francia) y otro de la de Austria (de tierras germánicas). En todos los territorios de la Corona de España hubo austracistas y borbónicos: por ejemplo, Madrid, Alcalá y Toledo lucharon en el mismo bando que Barcelona. No fue, como intentan venderlo, una guerra de secesión, sino de sucesión: ningún bando aspiró nunca a romper la unidad dinástica entre Castilla y Aragón, ni la separación de Cataluña. La Diada , otro mito.

Descubres que el “Caganet” del belén es una “tradición” que no se generaliza hasta el siglo XIX, como la sardana. Y que el “Tió” es otra milonga identitarias y absurda. La Navidad catalana, otro mito.

Te das cuenta que [los nacionalistas] nos han tomado el pelo. No nos han educado, sino adoctrinado. Que nos han alimentado, sin darnos cuenta, de una “ideología total” que se encuentra por encima de todo y de todos. Lo abarca todo: permite pisar el derecho de las personas, modelar la Historia a su gusto, y determinar qué está bien o mal.

Te das cuenta que [los nacionalistas] nos han adoctrinado a través de mitos, leyendas, mentiras. Que han construido o falseado una realidad, con tal de fundamentar su ideología. Intentaré poco a poco ir comentando esos mitos. Pido ayuda y la colaboración de todos, para tratar de encontrar otras mentiras. Así, [los catalanes] podremos liberarnos de esos mitos, y ser libres de verdad.

Está claro que eso de viajar, es para algunos, una estupenda vacuna contra la estupidez y el aldeanismo.

miércoles, 3 de febrero de 2016

EL CAMARERO DE CASA MANOLO por ANTONIO BURGOS


Seré un anglófilo asqueroso, pero no me imagino al jefe de un partido político británico yendo en mangas de camisa a Buckingham para una audiencia con la Reina Isabel dentro de las consultas para formar gobierno. Y eso ha ocurrido en España. Pablo Iglesias, haciendo ostentación de ninguna educación y presumiendo de su nulo respeto por la Corona (de la que dirá en todo caso que es una cerveza mexicana), se ha presentado en La Zarzuela en mangas de camisa para hablar con Su Majestad.

- ¡Y con el frío que hace en aquellos montes! De milagro no cogió el gachó una pulmonía.

No, supongo que en el guardarropas habría dejado un buen chaquetón, de los del taco, no de Quechua de Decathlon, de los buenos, como el alcalde de Marinaleda. Como eran tela de buenos, no de bazar chino, los vaqueros que vestía, que me lo ha dicho un experto en tejanos. Y digo yo: si en una discoteca no te dejan entrar si llevas zapatillas de deportes y si en cualquier restaurante medio elegantón no puedes pasar sin chaqueta y corbata, ¿por qué pagamos los servicios de Protocolo de la Casa de Su Majestad el Rey para que dejen entrar a la gente así, de zarrapastroso y oro? Si en la invitación a cualquier acto presidido por Su Majestad pone «etiqueta: traje oscuro», ¿por qué permitieron que este tío se colara de trapillo?

- No, Burgos, iba de uniforme. De uniforme del cuerpo al que pertenece: el Despreciable Gremio de la Castuza, que ya se ha convertido en Casta y cobra como tal.

En el pecado lleva la penitencia ¿No le han llegado ya a usted a su teléfono móvil los mil chistes sobre la foto del Rey perfectamente vestido y a su lado este gachó en vaqueros y mangas de camisa arremangada? Son divertidísimos. Recuerdo uno, que pone: «Con la misma campechanía que su padre, El Rey se prestó a hacerse una foto con el camarero de Casa Manolo que llevó los cafés a La Zarzuela durante las consultas a los líderes». Otro decía: «El camarero de Casa Manolo se retrató con el Rey después de llevarle su largo de café y media de arriba con mantequilla y mermelada».

Pienso todo esto ante el Teletipo del Despilfarro del Congreso de los Diputados. El Congreso ha adjudicado un contrato por importe de 372.032 euros para la compra de 490 «iPads» para uso y disfrute de sus nuevas señorías y funcionarios de la Cámara. ¡Toma ya! Y ha comprado 699 nuevos ordenadores de sobremesa, por un importe de 455.570, para sus señorías y toda su compañía. Sumen ambas cifras y oirán a Ana Belén: «¡Qué derroche trincón, cuánta locura!». ¿Es que los antiguos diputados se llevaron a su casa el móvil, la tableta y el ordenador portátil que les habían dado? Con lo fácil que hubiera sido reclamárselos para dárselos a los nuevos: «Oiga, ¡que son de Huelva!».

Todos estos que hablan de la Casta, los que enarbolaron y tremolaron sus carteras de Pseudo Loewe como un trofeo de caza, no le hacen el menor asco a coger todas las mamandurrias que les ofrezcan como diputados, cargo que ellos disfrazan de tribunos de la plebe (y de la chusma). Y digo yo: igual que les damos gratis total una cartera, un portátil, un móvil y una tableta, ¿por qué no compra el Congreso en el Cortinglés 350 trajes oscuros de Emidio Túcci y 350 corbatas, para que los diputados, y especialmente estos tíos de Podemos, vayan como deben cuando los llame el Rey o cuando tengan que representarnos en cualquier acto público? ¿La camisa dice usted? No, camisas no hay que comprarles. Con las blancas camisas de los camareros de Casa Manolo, digo, de Iglesias y de los diputados de Podemos, no hay el menor problema. Por cierto, ¿de qué me suena a mí esto de «la camisa nueva» de Pablo Iglesias cumplimentando al Jefe del Estado? Así, en mangas de camisa, como van los de Podemos, iban los falangistas a ver a Franco: «con la camisa nueva que tú bordaste en rojo ayer». ¿Será por camisa, será por rojo y será por ayer?

EL DÍA QUE LA ARMADA ESPAÑOLA DERROTÓ A LOS SAMURÁIS JAPONESES


A finales del siglo XVI, la marina española se convirtió en la primera y única flota occidental en derrotar a estos fieros guerreros nipones

La figura de los samuráis, fieros guerreros del antiguo imperio japonés, está envuelta en un auténtico halo de leyenda que los muestra como hombres a los que casi era imposible derrotar. Sin embargo, lo cierto es que estos luchadores no solo no eran invencibles, sino que fueron derrotados por la Armada española.

Este desconocido episodio de la historia, tal y como devela el autor del blog «Foro naval», ocurrió hacia 1580, cuando según narra el investigador Carlos Canales en su libro «Tierra Extraña», el gobernador español en las Islas Filipinas, don Gonzalo de Ronquillo, tuvo noticias de la llegada de un fuerte contingente de piratas japoneses que estaban hostigando y saqueando a los indígenas filipinos en la provincia de Luzón, zona bajo la protección administrativa española.

Ante esta situación, Ronquillo envió hasta Luzón al capitán de la Armada Juan Pablo Carrión, al mando de una flotilla compuesta por siete embarcaciones y varias decenas de infantes de marina de los Tercios de Mar de la Armada española. El objetivo era expulsar a los fieros piratas japoneses, que resultaron ser temibles guerreros samuráis.

Tras ganar una primera batalla, frente a un barco nipón que navegaba por la zona, los japoneses enviaron una flota de diez navíos para vengarse de los españoles. Sin embargo, tras varios combates, tanto en tierra como marítimos, las fuerzas españolas consiguieron vencer y expulsar de Filipinas a los japoneses.

Estas batallas suponen la única evidencia histórica de un enfrentamiento armado entre europeos y samuráis. De este episodio, la historia tradicional japonesa cuenta que sus guerreros fueron derrotados por unos demonios, mitad peces mitad lagartos, llegados en unos grandes y extraños barcos negros. Estas criaturas salían como bárbaros de la mar y atacarles tanto en tierra como en mar era un asunto peligroso y casi suicida.

Desde entonces los samuráis llamaron a los infantes de marina españoles «wo-cou» (peces-lagarto), en reconocimiento a la audacia con la que habían luchado y vencido en los Combates de Cagayán.