Páginas vistas en total

domingo, 12 de enero de 2020

EL MAYOR CAMINO DE LAS AMÉRICAS: EL CAMINO REAL DE TIERRA ADENTRO.

Ilustración de la caravana del Camino Real de Tierra Adentro

Cuando partían de México, los colonos enfrentaban un viaje de más de mil kilómetros y seis meses de azares

Fue un camino épico, y esencial para los futuros Estados Unidos. El virreinato de Nueva España organizaba cada tres años una caravana llamada Conducta, para abastecer desde México las misiones y ranchos españoles de Nuevo México, Arizona y Texas, la llamada tierra de frontera, y para poblarla con nuevos colonos españoles. Era una larga comitiva, compuesta por familias, frailes y soldados, y seguida por rebaños de vacas, ovejas, cabras y caballos. Personas y enseres eran transportados en grandes carretas entoldadas tiradas por bueyes, las que luego veríamos en las películas de los pioneros angloamericanos desplazándose al Oeste.

La caravana trasladaba aperos, semillas, plantones, libros, muebles, cartas, papel, tinta, objetos litúrgicos… todo aquello que era necesario para dignificar la vida en aquellas remotas y desoladas tierras del norte. Y por el Camino Real de Tierra Adentro se inyectó la cultura española en el Suroeste norteamericano, así como el manejo ecuestre del ganado traído de las Marismas del Guadalquivir, y exportado más tarde al mundo por Hollywood como producto americano.

Los peligros del camino

Cuando partían de México, los colonos enfrentaban un viaje de más de mil kilómetros y seis meses de azares. A poco de salir acechaban bandas de ladrones asaltantes, ansiosos por hacerse con algún botín de la caravana. Luego se enfilaban los desiertos mexicanos de Guanajuato, Zacatecas y Chihuahua, penosas jornadas donde ocasionalmente las crecidas de ríos como el Nazas detenían semanas la marcha, hasta que bajaran las aguas.

En estos páramos habitaban tribus indias predadoras, cuyo empeño era hacerse con los caballos de la caravana, que robaban al amparo de las sombras. Pero los indios no desdeñaban raptar personas que se descuidaran, y hubo casos de mujeres y niños que se apartaron un momento en un descanso del camino, y no se les volvió a ver más. También seguían a la conducta manadas de lobos, atentos al descuido de las cabezas de ganado.

Cerca de la frontera aguardaban las arenas gruesas de las dunas de Samalayuca, que atascaban las ruedas de las carretas y obligaban a grandes trabajos. Luego se cruzaba el río Grande en El Paso, punto que propiamente marcaba la raya de la frontera, allí donde Juan de Oñate, quien abrió la ruta del Camino Real de Tierra Adentro, había celebrado el 30 de abril de 1598 el primer día de Acción de Gracias en los Estados Unidos, veintitrés años antes que los pioneros ingleses.

Vadeado el Río Grande llegaba la temible Jornada del Muerto, cien kilómetros sin una surgencia u ojo de agua, que sometía a personas y animales a una dura prueba de supervivencia. Y así se llegaba a Santa Fe, la capital de Nuevo México, desde donde se distribuían los viajeros por el territorio de frontera, a través de otros notables caminos, como el de los Adaes o el de los Tejas. Y la caravana regresaba a México tras cargar vino, mantas y otros productos novomexicanos.

¿Y qué es lo que impulsaba a los españoles a encarar tan largo viaje desde Sevilla, con el remate extenuante del Camino de Tierra Adentro? Parece inexplicable, porque las tierras del septentrión de Nueva España carecían del aliciente del oro, y eran inhóspitas parameras, solo mantenidas porque el Rey de España no deseaba desamparar a los indios ya evangelizados. Los colonos simplemente querían escapar de la miseria de su vida en Castilla (los grandes imperios de entonces como España o Inglaterra, eran imperios ricos con súbditos pobres, forzados a emigrar para prosperar. Estados Unidos ha sido el primer imperio rico con súbditos ricos, lo cual es digno de admiración). Para los españoles, el motivo del viaje era un lote de tierra, el derecho a usar el don antes del nombre, y el acceso a la hidalguía.

Hoy, el Camino Real de Tierra Adentro está declarado como National Historic Trail por el gobierno de los Estados Unidos, y posee un impresionante Centro de interpretación en la localidad de Socorro, en Nuevo México, como reconocimiento al Camino por el que fluyó al interior de Estados Unidos el conjunto de la cultura occidental.

El Estado más fiel

¿Y qué fue de los descendientes de aquellos heroicos pioneros que arrostraron las incertidumbre del Camino y se asentaron en la frontera? Ellos son hoy los actuales habitantes de Nuevo México, el Estado más fiel, leal y devoto a España de todas las españas, incluida la original. Ellos mismos no se declaran hispanos, sino españoles, y mantienen las raíces y esencias de la madre patria española; la fiesta mayor de Santa Fe es la reconquista de Nuevo México por el madrileño Diego de Vargas, cuando se perdió trece años tras la revuelta de los indios pueblo; mantienen intactas todas las tradiciones españolas, la lengua, las fiestas, las costumbres. España tiene, sin duda, una deuda moral, de honor, con los nobles habitantes de Nuevo México.

jueves, 14 de noviembre de 2019

PARADORES, LA VIDA EN PALACIO

Parador de Lerma

En la época en la que España constituía un imperio donde nunca se ponía el sol, eran cosa de la nobleza o de la realeza. Muchos como el de Pontevedra o Zamora datan precisamente de esos tiempos. Pero cinco siglos después, Paradores ha querido democratizar la visita a los palacios de nuestro país y propone disfrutar de estas nobles estancias reformadas para adaptarlas a los nuevos tiempos.


La cadena de establecimientos hoteleros –referencia de turismo a nivel mundial- ha elegido 10 paradores que antes fueron palacios para que sus visitantes puedan conocer los espacios en los que residió la nobleza española adaptados a las comodidades actuales para que su estancia sea inolvidable. Tradición y vanguardia, los pilares de Paradores.

1. PARADOR DE ARCOS DE LA FRONTERA

Esta antigua Casa del Corregidor, balcón al río Guadalete, es un privilegiado mirador a esta localidad gaditana. Puerta de la Ruta de los Pueblos Blancos, poblaciones que tiñen las sierras andaluzas de este color, y de las Rutas del Vino. Ideal para familias, con planes muy variados para niños.

  Parador de Arcos de la Frontera (Cádiz)

2. PARADOR DE ARGÓMANIZ

Situado en la llanura alavesa, este palacio renacentista es el lugar ideal para los amantes del vino ya que su proximidad a la D. O. de La Rioja permite conocer la gran cantidad de bodegas de la región. Su ubicación, a tan sólo 15 minutos en coche de Vitoria, es ideal también para visitar la ciudad vasca.

Parador de Argómaniz (Álava)

3. PARADOR DE ÁVILA


Escondido entre las centenarias murallas de Ávila, se encuentra el Palacio de Piedras Albas, hoy convertido en Parador. Un paseo por el adarve de la muralla y la visita a las empedradas calles del casco histórico de la ciudad castellanoleonesa son un sueño para los visitantes.

 Parador de Ávila 

4. PARADOR DE CÁCERES

No salimos de murallas pero sí cambiamos de provincia. Cruzando el Arco de la Estrella de la localidad extremeña, llegamos a este parador situado en un palacio renacentista. Tradición y modernidad se mezclan en un establecimiento con numerosos elementos respetuosos con el medioambiente.

 Parador de Cáceres

5. PARADOR DE LA GRANJA

Empezando porque la situación es en el centro de este Real Sitio, este establecimiento compuesto por la Casa de los Infantes y el Cuartel General de la Guardia de Corps posee vistas privilegiadas de la Sierra de Guadarrama. El Palacio Real y el Museo del Vidrio están a unos pasos de este lugar emblemático de la Historia de España.

 Parador de La Granja (Segovia)

6. PARADOR DEL LERMA

En la parte alta de Lerma, se sitúa el Palacio Ducal. Un elegante y majestuoso edificio de la época de los Austrias. Andando está la Plaza Mayor y la zona medieval pero muy cerca se pueden disfrutar de los míticos lechales de Aranda de Duero y de la joya del románico, el monasterio de Santo Domingo de Silos.

Parador del Lerma (Burgos)

7. PARADOR DE LIMPIAS

Donde las aguas del río Asón y el mar se mezclan está el acogedor pueblo de Limpias y su palacio del siglo XX convertido en Parador. Las playas de Laredo como la de La Salvé o las anchoas de Santoña están a tiro de piedra de este mágico rincón de Cantabria.

Parador de Limpias (Cantabria)

8. PARADOR DE OLITE

El Palacio-Castillo Primitivo de Olite, declarado Monumento Nacional, acoge el Parador de la localidad. Un establecimiento plagado de vidrieras y arcadas y otros elementos propios del medievo. El vino y las Fiestas medievales son los dos atractivos de la zona.

Parador de Olite (Navarra)

9. PARADOR DE PONTEVEDRA

En lo alto de la señorial escalinata de piedra labrada se sitúan las habitaciones de este palacio renacentista del siglo XVI. Tanto si uno busca la serenidad de la ciudad gallega como el atractivo de sus Rías Baixas, este Parador es el lugar perfecto para ambos planes.

 Parador de Pontevedra

10. PARADOR DE ZAMORA

De un siglo anterior al de Pontevedra pero con el mismo estilo renacentista, encontramos el Parador de Zamora. Armaduras, tapices nobiliarios y camas con dosel, transportarán al visitante a la época en la que España era un imperio donde nunca se ponía el sol.


Parador de Zamora

viernes, 14 de junio de 2019

LOS 11 PUEBLOS MEDIEVALES MÁS BONITOS DE ESPAÑA.

Su historia, arquitectura y entorno se les suma una vibrante vida cultural y una oferta gastronómica más que seductora.

El paseo por sus calles descubre fragmentos de historia de la época medieval que se conjugan con la visión más contemporánea de la vida. Los anchos muros de piedra de casas palaciegas, hogares modestos y vetustos castillos albergan nuevos talleres de artesanos, tiendas a la última, salas de exposiciones, restaurantes… y todo ello bien hilvanado con el día a día de estas poblaciones. Todas estas localidades nacieron hace más de mil años, en lugares encrucijada de caminos que los hicieron prósperos e importantes. Todos estos pueblos han conseguido guardar hasta hoy un patrimonio excepcional que merece una detenida visita.


BESALÚ (GIRONA)

Es uno de los núcleos medievales mejor preservados y en realidad no le falta de nada. Situado en la comarca de la Garrotxa, Girona, se entra al pueblo a través de un majestuoso puente románico que conduce al interior del recinto amurallado. Una vez allí, callejuelas empedradas se entretejen para llevarnos hasta visitas tan recomendables como la iglesia de Sant Vicenç del siglo XII y la Sala Gótica de la Curia Real. No perderse el recorrido por el barrio Judío, el Call jueu.


ALBARRACÍN

Desde lejos se observa la silueta fortificada de este pueblo turolense que se baña en las aguas del río Guadalaviar. Aupado en la cresta de un peñasco a más de 1.100 metros del nivel del mar, sus calles costean la difícil orografía, entre casas de entramados de madera y barro. Con vestigios celtas y romanos, Albarracín debe su nombre a la presencia musulmana que se dilató durante casi un siglo, hasta el siglo XII. Conviene no perderse el paseo por las murallas y detenerse en la Plaza Mayor y la calle de la Catedral, el centro histórico de la ciudad. 


SANTILLANA DE MAR

Los orígenes de esta población cántabra se remontan al siglo VIII, cuando unos monjes construyeron una pequeña iglesia para albergar la reliquias de santa Juliana que un siglo más tarde dio lugar a la colegiata (en la imagen) alrededor de la cual se articula Santillana. La calle del Rey y la plaza del Mercado son sus dos centros principales, flanqueados de edificios sublimes. Además de su patrimonio medieval, Santillana se destaca por su importante legado renacentista y barroco. 


LA ALBERCA

En el corazón de la Sierra de Francia, a unos 70 kilómetros de Salamanca, se halla este pueblo, parada de la Ruta del Camino de Santiago y de la Ruta de la Plata. Fusión de tres culturas, la cristiana, la musulmana y la judía, sus calles laberínticas y estrechas llevan hasta el corazón de la población, la plaza Mayor con espléndidos balcones y soportales. 


PEÑAFIEL

Vino e historia son una combinación perfecta y más si se trata de una comarca como la de Ribera del Duero. El castillo de Peñafiel atisba sobre los viñedos y protege a la población que nació en el siglo X y que se desarrolló en paralelo a la bondad de sus vinos. Para comprobarlo, nada mejor que una visita al Museo del Vino, que se halla en el castillo de Peñafiel. 


PEDRAZA

Esta población segoviana se erige como una de las mejor conservadas y rehabilitadas con varios premios que lo acreditan. Desde mediados del siglo XIV hasta bien entrado el siglo XVII, Pedraza fue un importante centro de elaboración de paños de lana de oveja merina, con talleres que abastecían a ciudades como Florencia y Brujas. Pero, además, Pedraza bulle de animación y vida cultural, con buenos restaurantes y grandes acontecimientos anuales como los Conciertos de la Velas que se celebran en julio. 


AÍNSA (HUESCA)

Sus viejas calles, su castillo del siglo XI, la muralla, la plaza Mayor, la iglesia de Santa María (siglo XII) y las fachadas de casa Arnal (siglo XVI) son algunas de las muestras de la dilatada historia de esta población que también conserva vestigios celtas y romanos. Aínsa es una de las puertas de entrada al Parque Nacional de Ordesa y Monte perdido. 


PERATALLADA


Como un museo al aire libre, pero vivo y trepidante, así es la visita a este pequeño pueblo ampurdanés, envuelto en sólidas murallas y con calles estrechas y tortuosas en la que se alinean bares y restaurantes con encanto. Conserva su carácter rural y su distribución medieval original en un alarde de preservación admirable. Rocomendación: sentarse a tomar algo en la Plaça de les Voltes, rodeados de siglos de historia.


MONTEFRÍO

Bastión del Reino de Granada, fortaleza inexpugnable, Montefrío creció alrededor de un gran castillo que sucumbió ante los Reyes Católicos en 1486. El paseo por las calles descubre retazos de esta historia a través de sus monumentos y plazas, como el mismo castillo que preside la población. 


OLITE

Un pueblo de leyenda, con torreones, almenas y fosos, así es Olite, enclavado en el corazón de Navarra. La entrada por la Torre del Chapitel al recinto amurallado medieval que esconde vestigios romanos es un buen anticipo de lo que depara el recorrido. El casco antiguo de Olite conserva el mismo trazado de calles e incluso los mismos nombres medievales que hace siete siglos.


ZAFRA (BADAJOZ)

Fundada hace casi un milenio como fortaleza fronteriza entre los reinos de taifas de Sevilla y Badajoz, esta localidad fue creciendo poco a poco hasta convertirse en una de las localidades más monumentales de España. Sus dos plazas principales y siamesas y el Palacio del Duque de Feria (actual Parador Nacional) son los grandes referentes de una urbe que, por lo demás, se esparce formando callejuelas retorcidas y encaladas. Una mezcla de pasado defensivo y andalusí que la convierte en un lugar lleno de encanto.

viernes, 4 de enero de 2019

LA MENTIRA DE LA CATALUÑA "HISTÓRICA"


En el año 777, España o Al-Andalus está ocupada prácticamente toda por los árabes. El Califa de Zaragoza, Solimán el Arabí, se ve amenazado por el Emir Abderramán I que pretende apoderarse de Zaragoza, motivo por el que solicita el apoyo del rey franco, Carlomagno, a cambio de firmar un pacto de “marcar” los territorios Carolingios (la Francia actual) y los del Imperio de Al-Andalus de Hispania. Con este pacto, Carlomagno cruza los pirineos hacia el sur y amplía sus dominios en Hispania (por ello la “Marca Hispánica”), en este lado de la cordillera Pirenaica, y además crear una serie de fortalezas militares con el fin de frenar el avance Musulmán hacia lo que es la Francia actual. 

Aprovechando Carlomagno el pacto con el Califa Solimán el Arabí, conquista a los musulmanes las plazas de Gerona, Barcelona, Urgell, Besalú, Conflent, los Valles y así hasta nueve condados. Estos condados formaron la conocida como “Marca Hispánica” franco-carolingia y fue gobernada por Carlomagno y sus descendiente en la corona francesa desde el año 801 hasta que el rey de Francia, Luis IX, firmara el Tratado de Corbeil con el Rey de Aragón, Jaime I, en el año 1258, momento en que estos condados franceses (hoy Cataluña) que formaban la Marca Hispánica pasan a ser feudatarios del Rey de Aragón. 


Así las cosas, en el siglo VIII los condados (hoy catalanes) de la “Marca Hispánica” pasan de ser territorios musulmanes a soberanía francesa (franco-carolingia). Desde el 801 al 1258 los condados catalanes de la Marca Hispánica son feudatarios y vasallos del rey de Francia.

En la nueva Marca Hispánica carolingia (801), generalmente la población conquistada aceptó a los nuevos dominadores con escasa resistencia y en algunos casos mejorando su situación en comparación con la que tenían bajo el mandato de los gobernantes hispano-visigodos y la de los musulmanes. Sus habitantes aceptaron sin reparo las nuevas leyes Carolingias al igual que los matrimonios de los nativos de la Marca Hispánica con los francos. Esto marcaria una fuerte influencia Carolingia por la dependencia cultural y religiosa de los centros ubicados en tierras francesas.

Para gobernar estos territorios, los reyes francos designaron condes, unos de origen francés y otros autóctonos, según criterios de eficacia militar en la defensa de las fronteras y de lealtad y fidelidad a la corona. Inicialmente la autoridad condal recayó en los señores locales de la Marca, pero los intentos de convertir sus demarcaciones en señoríos hereditarios obligó a los carolingios a sustituirlos por condes de origen francés. 


Los profesores R. D’Abadal y F. Codera afirman que tras esta combinación étnica creada en los Condados de la Marca Hispánica del 801 entre los francos (franceses) y los autóctonos, surgiría una combinación de cultura hispano-francesa y desarrollarían un mosaico de dialectos del Provenzal. El latín vulgarizado con alguna aportación árabe, mallorquina y valenciana, iba a recibir una aportación del provenzal que sería determinante en la configuración final de la lengua lemosina que se consolidaría como catalana con la “Renaixença” del siglo XIX, cuatro siglos después del siglo de Oro de la Lengua Valenciana (siglo XV).

La inexistencia política de Cataluña durante la conquista de Valencia en 1238, ya que eran territorios de la corona francesa de escasa relevancia poblacional, sin instituciones ni estructura política ni idiomática, hace del todo punto imposible que tuviera papel alguno en la construcción del nuevo Reino cristiano de Valencia.

Es precisamente con Jaime I, en 1258, veinte años después de la conquista de Valencia (1238) cuando Aragón incorpora a su reino los condados franceses que hoy conocemos como Cataluña con la firma del referido Tratado de Corbeil con el Rey San Luis IX de Francia. No existe documento alguno de los años 1200, 1210, 1235, 1258, 1300 etc, que aparezca documentada Cataluña como tal, ni como reino, nación o estado. En el propio tratado de Corbeil, los condados catalanes franceses se describen individualmente cada uno de ellos sin que exista agrupación o estructura superior que pueda fundamentar otra realidad política. 


El Tratado de Corbeil (1258), escrito en latín y comienza con las palabras: “Es universalmente conocido que existen desavenencias entre el señor rey de Francia y el señor de Aragón, de las Mallorcas y de Valencia, Conde de Barcelona y Urgel, señor de Montpellier; por lo que el señor rey de Francia dice que los condados de Barcelona, Besalú, Urgel, etc... son feudos suyos; y el señor rey de Aragón dice que tiene derechos en Carcasona, Tolosa, Narbona, etc....”.

La “corona” o “Confederación catalano-aragonesa” son, pues, una mentira más del nacionalismo romántico y fantástico del siglo XIX que intenta sustentar sus sueños neocoloniales en figuras jurídicas y políticas que nunca existieron.

Por ello la historia nos da documentos incontestables, todos, en los que cuando hace referencia a los reyes hispanos, habla de “Rey de Aragón, Rey de Valencia, Rey de Mallorca y Conde de Barcelona …”. Lo demás, como digo, ciencia-ficción o sea, mentira. 


RESUMIENDO:

1.- Los romanos ocupan Hispania en el siglo II antes de Cristo y la actual Cataluña –que entonces no existía- pertenecía, junto con media Hispania, a la Provincia “Tarraconensis” o “Citerior”.

2.- Los árabes ocupan Hispania y en el año 709 conquistan Valencia y en el 717 Barcelona. En el año 1010 se constituye el reino Independiente de Valencia o Balansiya separándose del Califato de Córdoba. Los árabes dominaron Valencia hasta 1238 en que Jaime I instaura el Reino cristiano de Valencia.

3.-Los árabes están en Barcelona y en el resto de condados hasta el 801 en que los francos (actuales franceses) la unen como “Marca Hispánica” al Imperio carolingio y hacen de ellos unos condados fronterizos (por ello son “marca” fronteriza). La dominación francesa dura 450 hasta el tratado de Corbeil 1250 en que el Rey francés, San Luis IX, cede a Jaime I de Aragón los condados franceses de la parte española y Jaime I le cede a Luis IX los condados aragoneses de la parte francesa. Esa es la síntesis de lo firmado en el documento cuya importancia radica en que se firmó 29 años después de la reconquista de Mallorca y 20 años después de la del Reino de Valencia. 


4.- Cataluña NUNCA ha sido un estado ni nación, ni reino. Ni siquiera un Principado. Tampoco un condado. Los condados catalanes fueron nueve y el título de Conde que ostentan los Reyes aragoneses es el de Barcelona.

5.- Cataluña, antes y después de los episodios que relata el nacionalismo catalanista como origen de la falsa “corona catalana” o “catalano-aragonesa”, NUNCA ha tenido estructura ni física ni política ni si quiera para ser tenida como una simple región hasta que en 1521 Carlos I los declarara como provincia.

6.- La actual Cataluña NUNCA ha gozado de soberanía propia porque sus soberanos no han sido otros que los Reyes de Francia, de Aragón y de España en los últimos 1.200 años. Y antes, visigoda y romana. La supuesta “nación catalana” surgida –según los nacionalistas- a principios del siglo XII no es más que fruto de la invención. En el último milenio, pues, los catalanes han sido franceses y españoles. Y antes de ser franceses pertenecían a la España romana y visigoda. 


8.- El Reino de Valencia es 900 años LATINO y 530 años MUSULMAN. De ahí que la Lengua Valenciana tenga la mayor parte de su base idiomática en el latín de los conquistadores romanos (900 años) y una gran y rica aportación árabe (530 años).

9.- Los condados “catalanes” fueron 900 años LATINOS; 84 años MUSULMÁNES y 450 FRANCESES. Lo que nos lleva indefectiblemente a concluir que sobre la misma base latina que el resto de lenguas romances europeas, el catalán carecía de la aportación árabe de la que goza el valenciano y, por el contrario, tiene durante casi 5 siglos (450 años) la aportación occitano-provenzal francesa. Esta es la razón de que en Cataluña utilicen tantos términos franceses como el “gairebé”, “mercí” o “merces”, “donç”, “si us plau”, o “petit” todos importados del provenzal fruto de su dependencia y vasallaje a la corona francesa durante casi cinco siglos.

10.- Mientras Valencia ha sido una provincia hispanorromana y un Reino hispano-árabe, y posteriormente un Reino perteneciente a la Corona de Aragón y a la Corona Española, las tierras catalanas fueron parte de una provincia hispanorromana (hasta el 801), francesa (hasta el 1258) y aragonesa y española desde 1258 hasta hoy. NUNCA HAN SIDO UNA NACIÓN NI HAN GOZADO DE SOBERANÍA PORQUE NO HAN SIDO UN REINO.

Juan García Sentandreu, escritor y jurista

domingo, 24 de junio de 2018

LA CARGA DE LOS TRES REYES.


Ya ni siquiera se estudia en los colegios, creo. Moros y cristianos degollándose, nada menos. Carnicería sangrienta. Ese medioevo fascista, etcétera. Pero es posible que, gracias a aquello, mi hija no lleve hoy velo cuando sale a la calle. Ocurrió hace casi ocho siglos justos, cuando tres reyes españoles dieron, hombro con hombro, una carga de caballería que cambió la historia de Europa. El próximo 16 de julio se cumple el 798 aniversario de aquel lunes del año 1212 en que el ejército almohade del Miramamolín Al Nasir, un ultrarradical islámico que había jurado plantar la media luna en Roma, fue destrozado por los cristianos cerca de Despeñaperros. Tras proclamar la yihad -seguro que el término les suena- contra los infieles, Al Nasir había cruzado con su ejército el estrecho de Gibraltar, resuelto a reconquistar para el Islam la España cristiana e invadir una Europa -también esto les suena, imagino- debilitada e indecisa.


Los paró un rey castellano, Alfonso VIII. Consciente de que en España al enemigo pocas veces lo tienes enfrente, hizo que el papa de Roma proclamase aquello cruzada contra los sarracenos, para evitar que, mientras guerreaba contra el moro, los reyes de Navarra y de León, adversarios suyos, le jugaran la del chino, atacándolo por la espalda. Resumiendo mucho la cosa, diremos que Alfonso de Castilla consiguió reunir en el campo de batalla a unos 27.000 hombres, entre los que se contaban algunos voluntarios extranjeros, sobre todo franceses, y los duros monjes soldados de las órdenes militares españolas. Núcleo principal eran las milicias concejiles castellanas -tropas populares, para entendernos- y 8.500 catalanes y aragoneses traídos por el rey Pedro II de Aragón; que, como gentil caballero que era, acudió a socorrer a su vecino y colega. A última hora, a regañadientes y por no quedar mal, Sancho VII de Navarra se presentó con una reducida peña de doscientos jinetes -Alfonso IX de León se quedó en casa-. Por su parte, Al Nasir alineó casi 60.000 guerreros entre soldados norteafricanos, tropas andalusíes y un nutrido contingente de voluntarios fanáticos de poco valor militar y escasa disciplina: chusma a la que el rey moro, resuelto a facilitar su viaje al anhelado paraíso de las huríes, colocó en primera fila para que se comiera el primer marrón, haciendo allí de carne de lanza. 


La escabechina, muy propia de aquel tiempo feroz, hizo época. En el cerro de los Olivares, cerca de Santa Elena, los cristianos dieron el asalto ladera arriba bajo una lluvia de flechas de los temibles arcos almohades, intentando alcanzar el palenque fortificado donde Al Nasir, que sentado sobre un escudo leía el Corán, o hacía el paripé de leerlo -imagino que tendría otras cosas en la cabeza-, había plantado su famosa tienda roja. La vanguardia cristiana, mandada por el vasco Diego López de Haro, con jinetes e infantes castellanos, aragoneses y navarros, deshizo la primera línea enemiga y quedó frenada en sangriento combate con la segunda. Milicias como la de Madrid fueron casi aniquiladas tras luchar igual que leones de la Metro Goldwyn Mayer. Atacó entonces la segunda oleada, con los veteranos caballeros de las órdenes militares como núcleo duro, sin lograr romper tampoco la resistencia moruna. La situación empezaba a ser crítica para los nuestros -porque sintiéndolo mucho, señor presidente, allí los cristianos eran los nuestros-; que, imposibilitados de maniobrar, ya no peleaban por la victoria, sino por la vida. Junto a López de Haro, a quien sólo quedaban cuarenta jinetes de sus quinientos, los caballeros templarios, calatravos y santiaguistas, revueltos con amigos y enemigos, se batían como gato panza arriba. Fue entonces cuando Alfonso VII, visto el panorama, desenvainó la espada, hizo ondear su pendón, se puso al frente de la línea de reserva, tragó saliva y volviéndose al arzobispo Jiménez de Rada gritó: «Aquí, señor obispo, morimos todos». Luego, picando espuelas, cabalgó hacia el enemigo. Los reyes de Aragón y de Navarra, viendo a su colega, hicieron lo mismo. Con vergüenza torera y un par de huevos, ondearon sus pendones y fueron a la carga espada en mano. El resto es Historia: tres reyes españoles cabalgando juntos por las lomas de Las Navas, con la exhausta infantería gritando de entusiasmo mientras abría sus filas para dejarles paso. Y el combate final en torno al palenque, con la huida de Al Nasir, el degüello y la victoria. 



¿Imaginan la película? ¿Imaginan ese material en manos de ingleses, o norteamericanos? Supongo que sí. Pero tengan la certeza de que, en este país imbécil, acomplejado de sí mismo, no la rodará ninguna televisión, ni la subvencionará jamás ningún ministerio de Educación, ni de Cultura.

Arturo Perez Reverte
El Confidencial, 11.07.2010

miércoles, 3 de enero de 2018

LOS 15 CASTILLOS MÁS BONITOS DE ESPAÑA


Por su historia, España ha sido y es todavía hoy tierra de castillos. Desde fortalezas austeras encima de montañas hasta verdaderos castillos que parecen palacios en el centro de ciudades y pueblos, a lo largo y ancho de la geografía española hay tantos que es difícil elegir sólo unos pocos.

Desde las dos Castillas hasta Andalucía o el País Vasco, explora los castillos y las fortalezas más increíbles de la península. Algunos son tan de cuento que te parecerán mentira.

1. Castillo de Coca, Segovia, Castilla y León

Cierra los ojos e imagina un castillo de cuento de hadas, con sus torres, sus almenas, murallas altas y un foso en el que nadan unos cocodrilos. Ábrelos ahora… El castillo de Coca (aunque sin reptiles) es uno de los más espectaculares de España por muchísimos motivos. Del siglo V, es una de las mejores muestras de la arquitectura gótico-mudéjar española y se eleva sobre un meandro del río Voltoya. Es Monumento Nacional y tiene un sistema defensivo espectacular, con puerta de reja incluida. No te pierdas la torre del homenaje ni la preciosa bóveda de nervaduras góticas con mosaicos geométricos de la Sala de Armas. Estuvo en ruinas hasta principios de siglo y hoy, ya restaurado, es Monumento Histórico Nacional. La Casa de Alba lo ha cedido al Ministerio de Agricultura hasta el año 2054.


2. Castillo de Butrón, Vizcaya, País Vasco

Aunque hoy está cerrado y en venta, el Castillo de Butrón es una maravilla de origen medieval que fue remodelada en el siglo XIX. Esta fantasía de torres, torreones, almenas y decoraciones tomó como base la casa-torre de los Butrón para convertirla en un castillo de estilo bávaro que impacta. La fortaleza está situada en un entorno privilegiado de gran riqueza natural y sus muros de más de 4 metros albergan varios salones, la antigua capilla, un gran salón de 200 metros cuadrados, el típico patio de armas, una biblioteca y una mazmorra. Durante años se usó como establecimiento hotelero con espectáculos medievales, pero hoy está cerrado y en venta.


3. Castillo templario de Ponferrada, León, Castilla y León

El castillo templario de Ponferrada es otra fortaleza de película entre las que salpican nuestra tierra. Está en la comarca de El Bierzo, en una colina en la confluencia entre los ríos Boeza y Sil. Aunque sus orígenes se remontan a un antiguo castro celta, fueron los templarios los que le han dado la fama y el nombre. Cuando la Orden del Temple fue disuelta, en el siglo XIV, el castillo pasó a manos de los condes de Lemos. Esta fortaleza llena de rincones bonitos es el fruto de siglos de reformas y ampliaciones. No te pierdas su patio de armas, los restos de la barbacana, parte del paseo de ronda ni la portada principal con sus dos torreones. Desgraciadamente, en el siglo XIX y principios del XX se perdió bastante cuando los locales lo usaron de cantera, se derribaron muros para construir un campo de fútbol e incluso se llegaron a volar algunas dependencias interiores. En 1923 fue declarado Monumento Nacional, frenando así el deterioro y propiciando su recuperación.


4. Castillo de Loarre, Huesca, Aragón

Su silueta se recorta contra el paisaje de forma dramática y por detrás lo rodea un pequeño bosque frondoso. El Castillo abadía de Loarre es un castillo románico que te quitará el hipo situado en Huesca sobre un promontorio de roca caliza. Es del siglo XI pero su estado de conservación es excelente y quizás por eso fue protagonista de la película “El reino de los cielos” de Ridley Scott con Liam Neeson y Jeremy Irons. La fortaleza es una verdadera visión, rodeada por una muralla de 172 metros de perímetro. Pero espera a cruzar la puerta de entrada, de estilo románico, para enamorarte de los capiteles decorados de la iglesia de San Pedro, sumergirte en la historia del calabozo y disfrutar de las vistas desde la torre del homenaje. Te recomendamos que sigas la audio guía, porque te parecerá que el lugar todavía está habitado.


5. Castillo de Belmonte, Cuenca, Castilla-La Mancha

El Castillo de Belmonte, rodeado por campos de trigo y con el cielo azul como telón de fondo, es una de las fortalezas más singulares y mejor conservadas que hay en la península. Se eleva sobre un cerro a las afueras de la villa homónima y es Monumento Nacional. Su aspecto exterior es casi el mismo que tuvo en el momento de su construcción, en el siglo XV, por orden del primer Marqués de Villena. Es una fortaleza palacio que impone a primera vista y que, como casi todas, fue abandonada durante siglos hasta que en el siglo XIX la emperatriz Eugenia de Montijo le devuelve su esplendor original. Hoy sigue estando habitado, se puede visitar y se celebra en sus terrenos el Campeonato Mundial de Combate Medieval. No te vayas sin visitar las mazmorras y el sótano. Quizás te suene si has visto las películas “Juana la Loca” de Vicente Aranda o “Los señores del acero” de Paul Verhoeven.


6. Castillo de Almodóvar del Río, Córdoba, Andalucía

En lo alto de un cerro con el pueblo de Almodóvar del Río a sus pies, esta fortaleza se ve desde la distancia y maravilla todavía más a medida que te acercas a sus muros. Sus orígenes se remontan a la ocupación musulmana, en el siglo VIII, aunque se han encontrado restos de un castro romano en el lugar. Durante la Edad Media se amplió y reformó, para darle el solemne aspecto que presenta hoy en día. El Castillo de Almodóvar del Río es un lugar prodigioso, con sus torres, sus almenas y su patio de armas. Afortunadamente, a principios del siglo XX su propietario (el Conde de Torralva) lo salvó de la ruina y la restauró. Hoy es uno de los castillos mejor conservados de España. Hacen visitas guiadas, teatralizadas y unas visitas nocturnas que se llaman “La luna negra” que no deberías perderte.


7. Alcázar de Segovia, Segovia, Castilla y León

Cuentan que Walt Disney se inspiró en el Alcázar de Segovia para el castillo de la Cenicienta y no nos cuesta creerlo. Este monumento de torres cónicas que domina el paisaje desde un cerro entre dos ríos es ciertamente de cuento. Se construyó en el año 1122 sobre una fortaleza hispano-árabe y aquí residió el rey Alfonso VIII. A lo largo de los siglos se restauró y amplió varias veces, y su perfil actual se lo debemos a Felipe II. El que fuera uno de los palacios-castillo más suntuosos de la España medieval es hoy un Monumento Histórico Artístico que nos cuenta la historia a través de sus salas y torres. La Sala del Trono y la de la Galera te van a encantar.


8. Castillo de Olite, Navarra

El Palacio Real de los Reyes de Navarra de Olite (este es su nombre completo) es una fortaleza que se construyó entre los siglos XIII y XIV como sede de la Corte del Reino de Navarra. Este palacio es un conjunto fascinante de estancias, jardines, fosos y dependencias nobles que viven a la sombra de torres de leyenda y que permiten entender por qué en su época fue considerado uno de los más hermosos de Europa. Fue víctima del tiempo y de un incendio durante la Guerra de Independencia que agravó el proceso de deterioro. En 1937 se empezó a restaurar para devolverle el lustre pasado y pese a que se ha perdido mucho hoy se puede dormir entre sus muros en un Parador de Turismo o pasear por rincones con tanto encanto como la Galería del Rey.


9. Castillo de Cardona, Barcelona, Cataluña

En el corazón de Cataluña se alza la fortaleza medieval más importante de la Comunidad. Esta gran masa de edificios de piedra corona una colina, desde la que se puede ver un paisaje sin igual. Se construyó en el año 886 y es de estilo románico y gótico, aunque vivió su máximo esplendor durante el siglo XV, bajo el dominio de los duques de Cardona, la familia más importante de la Corona de Aragón. Parte del recinto alberga un Parador Nacional de Turismo y la otra se puede visitar. Entre sus joyas están la majestuosa iglesia románica de San Vicente y la torre de la minyona, del siglo XI.


10. Castillo de Peñafiel, Valladolid, Castilla y León

¿Has visto alguna vez un castillo con forma de barco? Pues si no es el caso, pásate por la localidad vallisoletana de Peñafiel, donde una fortaleza de piedra clara se alza sobre una loma estrecha y larga. Monumento Nacional desde 1917, se construyó en el siglo X, cuando era rey de León Ramiro II, aunque fue el infante Don Juan Manuel quien lo dejó tal y como está. Con una planta de 35 metros de ancho por 210 de largo, el castillo de Peñafiel es un prodigio de la arquitectura medieval. Sus murallas son más que interesantes, pero la torre del homenaje es la joya de la corona. En una de sus salas está el Museo Provincial del Vino, así que aprovecha y disfruta de la gastronomía y el patrimonio histórico sin tener ni que moverte.


11. Castillo nuevo de Manzanares el Real, Madrid

El castillo nuevo de Manzanares el Real también se conoce como de los Mendoza, ya que fue el palacio residencial de esta casa noble durante siglos. Se trata de un palacio-fortaleza del siglo XV ubicado en el municipio de Manzanares el Real, junto al embalse de Santillana y a los pies de la Sierra de Guadarrama. El castillo se edificó sobre una ermita románico-mudéjar y es una verdadera joya. Es de planta cuadrangular y tiene cuatro torres (tres circulares y la del homenaje, que es octogonal), almenas, matacanes y una barbacana llena de saeteras lo rodea. Su patio interior está porticado y es una delicia, mientras que la galería gótica del primer piso es una de las más hermosas que habrás visto en tu vida.


12. Castillo de Vélez-Blanco, Almería, Andalucía

Encaramado en lo alto del precioso pueblo andaluz de Vélez-Blanco, este castillo se levanta sobre los restos de una antigua alcazaba islámica situada sobre este mismo cerro que controla la villa. Fue propiedad de Pedro Fajardo y Chacón, que fue nombrado Marqués de los Vélez por los Reyes Católicos, y aunque sigue siendo imponente podría serlo mucho más de no haber sido por el saqueo y el abandono que sufrió en el siglo XIX y el XX. Su precioso Patio Honor era una obra maestra del Renacimiento Español que fue vendido a un millonario americano que se lo llevó a Nueva York y donde hoy se puede ver dentro del Museo MET. Los preciosos frisos de madera que representaban “los doce trabajos de Hércules” y “los triunfos de César” también fueron vendidos y hoy están en el Museo de las Artes Decorativas de París. Aun así, la visita no te decepcionará.


13. Castillo de la Mota, Valladolid, Castilla y León

El Castillo de la Mota está en la villa de Medina del Campo, sobre una elevación del terreno (de ahí su nombre) desde la que controla toda la comarca. El recinto amurallado es imponente, en el típico ladrillo rojizo de la zona, tanto que no nos extraña que fuera declarado Bien de Interés Cultural en 1904. Su historia ha sido turbulenta y entre sus murallas y altas torres han estado prisioneros personajes como César Borgia, que se fugó descolgándose de la Torre del Homenaje usando sogas. Esta fortaleza ha sobrevivido a guerras y conflictos, que han dejado cicatrices que todavía hoy se pueden ver en sus muros. Se puede visitar, así que no te pierdas su fabuloso patio de armas, ni la capilla en estilo románico mudéjar. Es un viaje al pasado.


14. Castillo de Bellver, Mallorca, Baleares

Circular, con cuatro torres adosadas y unas vistas privilegiadas de la ciudad de Palma, el puerto, la sierra de Tramontana y el Pla de Mallorca, el Castillo de Bellver hace honor a su nombre (en catalán antiguo significa “bella vista”). Es una de las pocas fortalezas circulares de Europa y la más antigua de todas, ya que fue construido en estilo gótico mallorquín a principios del siglo XIV por orden del Jaime II. Un foso lo rodea y la torre del homenaje, la más grande, es un mirador fabuloso del que no querrás bajar.


15. La Alhambra, Granada, Andalucía

Aunque la Alhambra no es un castillo al uso, este rico complejo palaciego y fortaleza es sencillamente tan espectacular que no podía faltar en la lista. Situado en lo alto de Granada, fue la sede de la monarquía y la corte del Reino Nazarí y es una de las cumbres del arte andalusí, además de uno de los monumentos más visitados de España. La “fortaleza roja” es una gran ciudad amurallada en la que el tiempo parece haberse detenido para siempre. Entre habitaciones decoradas ricamente, salas con fuentes, el fabuloso patio de los leones, jardines paradisíacos y mucho más te parecerá que no estás en la tierra. Los Palacios Nazaríes son la verdadera joya de la corona, pero no te olvides de subir hasta el Generalife, una villa rural en la que la vegetación y el agua son protagonistas, junto con las vistas de la hermosa Granada. Como no podía ser de otra manera, la Alhambra es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.


EL TERRIBLE PODER DE LOS TERCIOS ESPAÑOLES: LO QUE HUBIERA PASADO SI LLEGAN A DESEMBARCAR EN INGLATERRA


El Ejército inglés era «pequeño, anticuado y sus tropas estaban repartidas entre las guarniciones de los barcos, la siempre insegura Irlanda, la frontera escocesa y Holanda». Su arma predilecta seguía siendo el arco largo, a pesar de que estaba desfasado frente a los arcabuces castellanos


El plan de Felipe II cuando envió a su Felicísima Armada a las Islas Británicas no era atacar directamente sus costas o desembarcar tropas, como le había aconsejado Álvaro de Bazán, el marino que murió invicto; su verdadera intención era que la Armada dirigida por el Duque de Medina-Sidonia se diera «la mano» con las tropas de Flandes, al mando de Alejandro Farnesio. Una vez embarcadas, atacarían Inglaterra para derrocar a la Reina Isabel. El problema básico es que las comunicaciones de la época hacían imposible que Farnesio y Medina-Sidonia llegaran a contactar a tiempo. El Monarca dejó aquel detalle, como otros tantos, a los designios de Dios, lo que se tradujo en un desastre causado por la indecisión y la meteorología.


El error del plan de Felipe II

Los ingleses no pudieron hundir prácticamente ninguno de los galeones españoles, pero los 130 barcos de Medina-Sidonia no alcanzaron a «darse la mano» con los ejércitos hispánicos en los Países Bajos. El empeño del andaluz, mal aconsejado por Diego Flores de Valdés, por ceñirse a las órdenes exactas del Rey hizo que los barcos españoles mostraran en todo momento una actitud defensiva y dejaran pasar varias ocasiones de hundir a la molesta flota británica, como en el caso del minuto eterno de Plymouth. Mientras Farnesio esperaba en vano a que le dieran aviso para enviar a sus tropas hacia la costa, y desde allí embarcar en barcazas; Medina-Sidonia arribó por sorpresa en Calais el día 6 de agosto de 1588.

La distancia entre Calais y Dunkerque, donde se suponía que estaba Farnesio con sus tropas, era, y es, escasa, a lo que Medina-Sidonia envío a su mejor mensajero, Rodrigo Tello de Guzmán, a bordo de una pinaza para contactar con él. No en vano, el mensajero descubrió que apenas había barcazas en la costa, faltaba artillería y las tropas eran escasas. El propio Farnesio estaba en ese momento a kilómetros de allí, en Brujas, cuartel general del Ejército.

Una vez en esta ciudad, el general español recibió a Tello de Guzmán, para explicarle que el grueso de las barcazas estaba escondido más al norte, concretamente en Nieuport, en tanto las tropas estaban distribuidas entre este puerto, el de Dunkerque y el de Diksmuide. En total 15.000 efectivos del Ejército de Flandes, una tropa de elite que en los últimos años había logrado llevar la guerra en los Países Bajos a la fase más favorable a España desde antes de la rebelión.

No obstante, según apunta Carlos Canales y Miguel del Rey en «Las Reglas del viento: Cara y cruz de la Armada española en el siglo XVI», la realidad era muy distinta de la dibujada por Farnesio. «No había nada preparado. A pesar de contar con una soberbia red de agentes en Francia, la llegada de la Armada al canal le había cogido por sorpresa, y no tenía ni la más remota idea de cuál era la situación...». Debió improvisar al saber que Medina-Sidonia estaba en Calais. Pero, mientras Farnesio ponía en marcha toda su maquinaria de intendencia, se produjo el único combate directo entre barcos ingleses y españoles: la batalla de Gravelinas.

En la madrugada del 7 al 8 de agosto, la Armada española recibió el ataque de ocho brulotes (barcos incendiarios) que rompieron por primera vez el orden de la flota y, en un momento de pánico, algunos capitanes soltaran las cadenas de sus anclas para salir cuanto antes de Calais. Aquella salida desordenada derivó en un intercambio de fuego con los ingleses, que causaron varias averías de gravedad en barcos principales como el San Felipe o el San Mateo.

El viento hacia el norte salvó a los españoles de recibir más daños, si bien condenó a Medina-Sidonia a bordear las Islas británicas por Escocia e Irlanda, donde se produjo el auténtico desastre frente a sus afiladas costas. La posibilidad de regresar a por el Ejército de Flandes se perdió ahí para siempre.


Tercios de Flandes contra tropas inglesas

La pregunta que se han hecho historiadores de todos los tiempos es cuál hubiera sido el porcentaje de éxito de aquella infantería de haber sido trasladada de Flandes a Inglaterra con éxito. La idea del Rey consistía en que las tropas, unos 16.000 hombres, fueran desembarcadas en las costas de Kent, frente a los Países Bajos. Posteriormente, la Armada se dirigiría a North Foreland, un poco más al norte de Kent, para asegurarse el dominio sobre Narrow Seas, con el fin de situar allí su artillería y las provisiones.

Aprovechando la superioridad de la infantería española, Farnesio avanzaría a Londres en un ataque relámpago tipo blitzkrieg que, imaginaba, dejaría noqueado al poder inglés. Con estas posiciones aseguradas, la flota de Medina-Sidonia llevaría más provisiones al Ejército en una ruta abierta con Flandes.

Claro está, que Felipe II no tenía en cuenta lo difícil que hubiera sido que las tropas obtuvieran provisiones desde Flandes con la flota ingleses pulularon a su alrededor. Sin otra flota que la neutralizara, Drake y compañía habrían impedido abrir una ruta segura. O a lo mejor el Rey confiaba en que la fuerza de sus Tercios se las arreglaría bien sin más refuerzos ni suministros, como una suerte de Expedición de los Diez Mil de Jenofonte...

En este sentido, existe consenso sobre la superioridad militar de los españoles una vez pusieran pie en tierra sus soldados. Entre 1500 y 1650, los tercios españoles se convirtieron en la más letal, efectiva y temida infantería de Europa. A imagen de las falanges macedonias y las legiones romanas, que también impusieron su superioridad militar, los tercios encontraron en la combinación de armas blancas (pica y espada) y de fuego (arcabuz y mosquete) una forma de aplastar el papel de la caballería pesada en Europa. En los campos de Flandes habían demostrado que ningún otro ejército, mercenario, voluntario o profesional, podía causarle grandes problemas en un combate abierto.

Frente a la fortaleza española, se extendía una fuerza inglesa desfasa y sin experiencia en combate. Los historiadores Geoffrey Parker y Agustín Ramón Rodríguez han analizado en varios trabajos esta cuestión. Para empezar, comenta Parker, las fortificaciones de las ciudades y puertos ingleses estaban completamente obsoletos, y databan de la época medieval o, en el mejor de los casos, eran del reinado de Enrique VIII. Para el tren de artillería de Farnesio –acostumbrado a las endiabladas fortalezas de Flandes y de Italia– los bajos muros ingleses no hubieran sido rival.

Sobre el Ejército inglés, comenta Agustín Ramón Rodríguez, era «pequeño, anticuado y sus tropas estaban repartidas entre las guarniciones de los barcos, la siempre segura Irlanda, la frontera escocesa y Holanda». Precisamente en la guerra de Flandes las tropas españolas vencieron con bastante sencillez varias veces a las inglesas, aliadas con los rebeldes protestantes. El Duque de Leicester demostró en la batalla de Grave, 1586, que le separaba un abismo del talento militar de Farnesio y de la efectividad de sus soldados. La veteranía de los Tercios de Flandes era algo que no se podía comprar ni entrenar a corto plazo.

Además, las tropas británicas eran poco fiables políticamente, al estar alistadas muchos católicos irlandeses (los únicos que aceptaban condiciones económicas tan malas), o eran susceptibles de corrupción, como también habían demostrado en Holanda. El país en general era poco fiable, ya que debajo de la mayoría protestante palpitaba aún una minoría católica que hubiera colaborado entusiasmada para derrocar a Isabel Tudor. Felipe II no dejaba claro en sus instrucciones si la Monarca debía ser ejecutada o si debía emplearse como reina de un gobierno títere.

A falta de efectivos profesionales, la Reina inglesa acudió a levas de milicias, mal armadas y peor entrenadas para defender la isla. Su arma más popular era todavía el arco largo inglés, enormemente popular en la Guerra de los Cien años, pero ya desfasada frente a la superioridad de los mosquetes y de los arcabuces, que los soldados castellanos manejaban con gran habilidad. A propósito de las milicias, Carlos Canales comenta en el mencionado libro: «Tenían más voluntad que capacidad real de lucha. Este hecho era perfectamente conocido por los altos mandos españoles que, sin despreciar a sus enemigos, sabían que se enfrentaban a paisanos armados sin apenas instrucción y experiencia de combate».